Los
ojos, la mirada, es lo único que reconozco de lo que alguna vez fui. Me fijo en
ellos ya que son los únicos que quiero ver reflejados, parecen un mar negro
lleno de conocimiento, recuerdos, sabiduría, cariño, aprecio, cada persona
importante de mi vida ocupa un hueco en lo que se dice que son el espejo del
alma. Aunque también percibo sentimientos tan negativos en ellos que no soy
capaz de afrontar y me niego a hacerlo.
Mis
manos antes tersas y firmes ahora están arrugadas y secas. Se pueden ver las
venas sobresalir de ellas, en busca de más espacio en el que la sangre pueda
fluir y llegar con urgencia al corazón para ayudar a que se produzca otro
latido, otra señal de vida. El cabello está nevado por el invierno y por la
falta de luz se puede ver a través de la piel, la cual ha ido haciendo surcos
alrededor de las comisuras de los ojos, de la boca, testigos de un largo y duro
trabajo, el trabajo de construir una vida.
La
casa tiene un silencio que no tenía ayer y que no durará mucho tiempo. Disfruto
paseando por las salas, avanzo y retrocedo en mis recuerdos. Miro la hora, son
las tres de la madrugada, el taxi no llegará a por mí hasta dentro de una hora,
pero prefiero salir de la casa ya que la ansiedad y la angustia me están
comenzando a invadir.
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