miércoles, 25 de febrero de 2015

Parte 1/5




Ya no percibo mi esencia, la tonalidad de la fachada está deteriorada y el revestimiento del sillón sobre el que me hallo parece haber combatido miles de batallas. Miro a mi alrededor, una ola de nostalgia y melancolía me abate, hace que me derrumbe y contemple todo desde una perspectiva nueva, una perspectiva peor que la anterior. Llego a la conclusión de que mi morada ya no me resulta familiar, si no fuera porque cada ángulo por muy descuidado o caótico que este me hace rememorar, sospecharía que no es mi hogar.

Me incorporo y advierto como cada sitio que antes deslumbraba vida ahora se aprecia marchito. La cocina en la que entablamos mi marido y yo nuestro romance, donde las cenas en pareja desembocaron en cenas familiares y donde nuestros nietos nos deleitaban con traviesas pero dulces sonrisas, permanecía lúgubre y sombría tal de un eterno invierno se tratase.

El invierno no solo había llegado a la cocina sino que también invadía los baños, las habitaciones, el salón, se había asentado hasta en el jardín donde antes era siempre primavera y se podían ver coloridas flores además de varios árboles podados con esmero. La jardinería siempre había sido una actividad que nos gustaba compartir en familia. Los pequeños corrían veloces cuando se reclamaban sus ayudas, los mayores se divertían encomendado tareas y realizando las partes con las que más disfrutaban. Pero todo eso ya se acabó. Ya no hay herramientas en la casetilla, solo una hoz oxidada por el tiempo y la falta de cuidado.

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