Ya
no percibo mi esencia, la tonalidad de la fachada está deteriorada y el
revestimiento del sillón sobre el que me hallo parece haber combatido miles de
batallas. Miro a mi alrededor, una ola de nostalgia y melancolía me abate, hace
que me derrumbe y contemple todo desde una perspectiva nueva, una perspectiva
peor que la anterior. Llego a la conclusión de que mi morada ya no me resulta
familiar, si no fuera porque cada ángulo por muy descuidado o caótico que este
me hace rememorar, sospecharía que no es mi hogar.
Me
incorporo y advierto como cada sitio que antes deslumbraba vida ahora se
aprecia marchito. La cocina en la que entablamos mi marido y yo nuestro
romance, donde las cenas en pareja desembocaron en cenas familiares y donde
nuestros nietos nos deleitaban con traviesas pero dulces sonrisas, permanecía
lúgubre y sombría tal de un eterno invierno se tratase.
El
invierno no solo había llegado a la cocina sino que también invadía los baños,
las habitaciones, el salón, se había asentado hasta en el jardín donde antes
era siempre primavera y se podían ver coloridas flores además de varios árboles
podados con esmero. La jardinería siempre había sido una actividad que nos
gustaba compartir en familia. Los pequeños corrían veloces cuando se reclamaban
sus ayudas, los mayores se divertían encomendado tareas y realizando las partes
con las que más disfrutaban. Pero todo eso ya se acabó. Ya no hay herramientas
en la casetilla, solo una hoz oxidada por el tiempo y la falta de cuidado.
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