sábado, 28 de febrero de 2015

Parte 4/5


Me dirijo hacia la puerta e introduzco la llave en la cerradura consciente de que será la última vez que lo haga. Me dispongo a salir firme y decidida cuando una corazonada, un impulso, me recuerda que hay objetos que llevan permaneciendo mucho tiempo en el mismo lugar y debo cambiarlos, quizás a él le hagan falta en ese mundo mejor. Una vez que todo está ocupando su lugar cierro la puerta dando portazo y abandono mi casa, mi hogar, mi vida, para no volver jamás.

Se escucha una sirena, la ambulancia y el coche de policía avanzan por la calle a toda prisa. Un vecino ha dado la voz de alarma. Algo extraño pasa en esa casa, ha habido movimiento dentro de ella y a penas son las tres y cuarto de la madrugada, la casa solo está habitada por una pareja de ancianos que no suelen salir debido a la reciente pérdida de sus hijos y nietos en un accidente de tráfico.

El policía de mayor rango es el primero en avanzar hasta el jardín, la casetilla de las herramientas está abierta y no hay nada en su interior, todo parece descuidado y al entrar en la casa le sorprende lo ordenadas que están las cosas. Mira a su alrededor y no ve a nadie, da una voz y nadie contesta. Supone que ha sido un error y sube arriba a comprobar que los ancianos están durmiendo.

viernes, 27 de febrero de 2015

Parte 3/5


Los ojos, la mirada, es lo único que reconozco de lo que alguna vez fui. Me fijo en ellos ya que son los únicos que quiero ver reflejados, parecen un mar negro lleno de conocimiento, recuerdos, sabiduría, cariño, aprecio, cada persona importante de mi vida ocupa un hueco en lo que se dice que son el espejo del alma. Aunque también percibo sentimientos tan negativos en ellos que no soy capaz de afrontar y me niego a hacerlo.

Mis manos antes tersas y firmes ahora están arrugadas y secas. Se pueden ver las venas sobresalir de ellas, en busca de más espacio en el que la sangre pueda fluir y llegar con urgencia al corazón para ayudar a que se produzca otro latido, otra señal de vida. El cabello está nevado por el invierno y por la falta de luz se puede ver a través de la piel, la cual ha ido haciendo surcos alrededor de las comisuras de los ojos, de la boca, testigos de un largo y duro trabajo, el trabajo de construir una vida.

La casa tiene un silencio que no tenía ayer y que no durará mucho tiempo. Disfruto paseando por las salas, avanzo y retrocedo en mis recuerdos. Miro la hora, son las tres de la madrugada, el taxi no llegará a por mí hasta dentro de una hora, pero prefiero salir de la casa ya que la ansiedad y la angustia me están comenzando a invadir.

jueves, 26 de febrero de 2015

Parte 2/5


En el perchero de la entrada, el cual no daba a basto con los numerosos abrigos de diferentes tamaños y estilos, ya solo queda la bufanda de lana roja que me regaló mi marido en nuestro primer aniversario. Todos los inviernos me envolvía el cuello con suavidad, me sentía joven y atractiva con ella, aunque este invierno haya permanecido en el perchero, no estará allí mucho tiempo.

Giro la cabeza y comienza a latirme con fuerza el corazón, no deja de perseguirme. De hecho siempre lo ha hecho, siempre ha estado ahí, al lado mía, los primeros años me ayudaba, era mi amiga y me concedía cada vez más libertad. Gracias a ella me formé como persona, maduré y amé, pero ahora parece que estoy más cerca del final de nuestra amistad que del principio. Siento cada día más opresión en el pecho y temo que algún día este explote.

La edad, que una vez me obsequio con belleza y juventud ahora me castiga con vejez. Me veo reflejada en el único espejo que queda en la casa. Los demás los destruí con la intención de que mi aspecto no cambiase o permaneciese eternamente igual.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Parte 1/5




Ya no percibo mi esencia, la tonalidad de la fachada está deteriorada y el revestimiento del sillón sobre el que me hallo parece haber combatido miles de batallas. Miro a mi alrededor, una ola de nostalgia y melancolía me abate, hace que me derrumbe y contemple todo desde una perspectiva nueva, una perspectiva peor que la anterior. Llego a la conclusión de que mi morada ya no me resulta familiar, si no fuera porque cada ángulo por muy descuidado o caótico que este me hace rememorar, sospecharía que no es mi hogar.

Me incorporo y advierto como cada sitio que antes deslumbraba vida ahora se aprecia marchito. La cocina en la que entablamos mi marido y yo nuestro romance, donde las cenas en pareja desembocaron en cenas familiares y donde nuestros nietos nos deleitaban con traviesas pero dulces sonrisas, permanecía lúgubre y sombría tal de un eterno invierno se tratase.

El invierno no solo había llegado a la cocina sino que también invadía los baños, las habitaciones, el salón, se había asentado hasta en el jardín donde antes era siempre primavera y se podían ver coloridas flores además de varios árboles podados con esmero. La jardinería siempre había sido una actividad que nos gustaba compartir en familia. Los pequeños corrían veloces cuando se reclamaban sus ayudas, los mayores se divertían encomendado tareas y realizando las partes con las que más disfrutaban. Pero todo eso ya se acabó. Ya no hay herramientas en la casetilla, solo una hoz oxidada por el tiempo y la falta de cuidado.