jueves, 26 de febrero de 2015

Parte 2/5


En el perchero de la entrada, el cual no daba a basto con los numerosos abrigos de diferentes tamaños y estilos, ya solo queda la bufanda de lana roja que me regaló mi marido en nuestro primer aniversario. Todos los inviernos me envolvía el cuello con suavidad, me sentía joven y atractiva con ella, aunque este invierno haya permanecido en el perchero, no estará allí mucho tiempo.

Giro la cabeza y comienza a latirme con fuerza el corazón, no deja de perseguirme. De hecho siempre lo ha hecho, siempre ha estado ahí, al lado mía, los primeros años me ayudaba, era mi amiga y me concedía cada vez más libertad. Gracias a ella me formé como persona, maduré y amé, pero ahora parece que estoy más cerca del final de nuestra amistad que del principio. Siento cada día más opresión en el pecho y temo que algún día este explote.

La edad, que una vez me obsequio con belleza y juventud ahora me castiga con vejez. Me veo reflejada en el único espejo que queda en la casa. Los demás los destruí con la intención de que mi aspecto no cambiase o permaneciese eternamente igual.

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