En
el perchero de la entrada, el cual no daba a basto con los numerosos abrigos de
diferentes tamaños y estilos, ya solo queda la bufanda de lana roja que me
regaló mi marido en nuestro primer aniversario. Todos los inviernos me envolvía
el cuello con suavidad, me sentía joven y atractiva con ella, aunque este
invierno haya permanecido en el perchero, no estará allí mucho tiempo.
Giro
la cabeza y comienza a latirme con fuerza el corazón, no deja de perseguirme.
De hecho siempre lo ha hecho, siempre ha estado ahí, al lado mía, los primeros
años me ayudaba, era mi amiga y me concedía cada vez más libertad. Gracias a
ella me formé como persona, maduré y amé, pero ahora parece que estoy más cerca
del final de nuestra amistad que del principio. Siento cada día más opresión en
el pecho y temo que algún día este explote.
La
edad, que una vez me obsequio con belleza y juventud ahora me castiga con
vejez. Me veo reflejada en el único espejo que queda en la casa. Los demás los
destruí con la intención de que mi aspecto no cambiase o permaneciese
eternamente igual.
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